Vida y milagros de la que escribe

Feliz cumpleaños a mí

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Hoy es mi cumpleaños. Y no sólo eso, sino que este año, por varias razones, es especial. En orden creciente de importancia:

Cumplo 21, que en España no es que signifique nada, pero en muchos países del mundo estaría alcanzando la mayoría de edad. Además, el 21 es un número bonito, más que el 20 que es demasiado redondo.

No sólo hoy es mi cumpleaños, sino que mañana hace 10 años que terminé la quimio. No suelo celebrar estas fechas, normalmente ni me acuerdo de ellas… pero 10 años son 10 años. Para mi madre fue importante el 2012, 10 años desde el diagnóstico… pero yo prefiero celebrar el final de una mala época que su principio.

Es el primer cumpleaños en toda mi vida que paso lejos de mis padres. Esto en principio parecería algo no tan bueno, ¿no? Me quedo sin la tarta de queso de mi madre, la que hace todos los años sin excepción por mi cumple desde antes de tener yo memoria. No vamos a comer todos juntos como cosa especial aunque sea entre semana. Pero es por algo bueno. Estoy en otra ciudad porque estoy estudiando lo que me gusta. Es parte de la vida ir quemando estas etapas, mucho peor sería quedarse eternamente estancada en la vida que tienes a los 16, ¿no?

Así que aunque sea martes y como todo martes tenga clase de 9 de la mañana a 9 de noche… este va a ser un gran cumpleaños para mí.

De putas, estudiantes y tardes libres

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Hoy es Lunes de Aguas aquí en Salamanca. Para los que no sepáis lo que es (que probablemente seáis la mayoría. Yo no tenía ni idea hasta que me vine aquí el curso pasado), os lo explico resumidamente: se celebra el lunes después de Semana Santa por la tarde (es fiesta oficialmente, pero sólo por la tarde) y originalmente lo que ocurría es que los estudiantes cruzaban el río para encontrarse con las putas y “desahogarse”. Como ya supondréis, en la actualidad no hay putas al otro lado del río; ahora mismo si eres estudiante lo típico es irte de botellón -también al río.

A mí los botellones no me van mucho (más bien nada) pero la tarde libre la agradezco (especialmente cuando el fin de semana anterior no ha sido fin de semana porque lo he tenido lleno de ensayos). Lo malo es que todo, absolutamente todo, está cerrado esta tarde, así que mis opciones son quedarme en casa o pasear por una ciudad desierta. Pero como nadie me verá jamás rechazar una tarde de mantita y peli, para mí está bien. Además, estoy segura de que mi compañera de piso sí que se irá, así que tendré la tele a mi antojo.

Qué pena que no haya también un martes, un miércoles y un jueves de aguas…

PD: ¡ey! ¡Que WordPress me informa de que este es mi post número 100! ¡Wiii!

Mi fin de semana en pocas palabras

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De unos días para acá vengo teniendo una intensa necesidad de vacaciones. Menos mal que sólo quedan dos semanas para Semana Santa, aunque tengo la impresión de que se me van a hacer más largas que el resto del curso todo junto.

Esta sensación se intensifica no sólo porque sea lunes (ya sabemos que los lunes todo parece más estresante) sino porque tengo la espalda y el cuello hechos mierda “gracias” al horrososo colchón de la residencia donde me ha tocado dormir este finde. Sufro por las espaldas de quienes vivan allí todo el año, lo digo totalmente en serio.

Aunque eso sí, como contrapartida positiva el tren que me tocó a la vuelta era de los buenos: tenía hasta enchufes entre los asientos (sí, mido la calidad de un tren por su capacidad para cargarme el móvil. Esta es nuestra sociedad).

Y este es el post de hoy. Pensé que quedaría más largo, pero en realidad ese ha sido mi fin de semana. Ensayar, dormir en una cama horrible, ensayar otra vez, volver en un tren decente y dormir por fin en mi cama.

El propósito de este post es procrastinar

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Esta semana estoy de exámenes. Bueno, en realidad la semana pasada ya lo estaba, y de hecho mañana tengo los dos últimos que son también los dos que más miedo me dan. En realidad uno de ellos prácticamente no cuenta para la nota final del curso, es un porcentaje mínimo, pero aun así me tiene de los nervios, es la asignatura con la que peor me llevo.

El caso es que, por razones obvias, debería estar estudiando ahora mismo. Pero como podréis deducir, no lo estoy haciendo (lo de escribir en el blog mientras estudio aun no forma parte de mis habilidades). Procrastinar, lo llaman. Una palabra muy fea pero que parece que está de moda, y que básicamente significa aplazar las cosas hasta que ya no tienes tiempo para aplazarlas. Y eso es básicamente lo que hago ahora. Hago mal, lo sé, pero es que no hay cosa que me apetezca menos ahora mismo que abrir mis apuntes. Y encima me acaba de llegar un mail de un profesor diciendo que la clase que se suspendió la semana pasada se recupera este jueves a las seis de la tarde… yo tenía pensado irme al cine, para olvidarme de los exámenes recién terminados y de las notas que aun no sabré, pero en su lugar tengo que ir a clase. Yupi.

A ver, no os asustéis, no voy a ir al examen sin estudiar, he estado estudiando estos días atrás. Pero debería seguir un poco más. Aunque por otro lado, estudiar demasiado cerca de la fecha del examen (lease el día anterior, o sobre todo la noche anterior) puede llegar a ser contraproducente, así que quizás incluso esté haciendo bien en no tocar hoy los apuntes. O quizás sólo me intento auto-convencer para no sentirme mal por no estar estudiando. Qué complicado es todo, incluso cuando parece fácil.

Deseadme suerte para mañana, aunque no sirva de nada.

Un día de mi vida

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Hoy ha sido (está siendo, que aun quedan algunas horas) un mal día. En un sentido físico, pero como suele pasar en estos casos pues se traspasa un poco también al sentido anímico. Me he levantado mareada, con dolor de cabeza, y la sensación de veinte kilos de más en cada pierna. Afortunadamente el dolor de cabeza se me ha pasado al rato de tomarme un naproxeno (¡bendito naproxeno!), pero el resto ha seguido (y sigue) durante todo el día. Bueno, no voy a quejarme mucho, hacía tiempo que no tenía un día de estos.

Como podréis suponer, no he ido clase. Mi día ha consistido en estar tumbada en el sofá viendo la tele. He visto un capítulo de Broadchurch, uno de Sherlock y aparte dos películas: En América y Rango (las dos me han gustado bastante, por cierto). También he leído un buen rato. Así que al menos puedo decir que he aprovechado el día culturalmente, o algo así.

Hace un ratito he pensado que igual debería salir un poco a tomar el aire, así que como motivación he decidido que hoy ceno pizza. Y allá que me he ido, al súper más cercano a por una pizza (vale, lo admito, también he comprado un paquete de oreos). Y… aquí estoy ahora, de vuelta en casa. Con ganas de que acabe el día, a decir verdad. Podría acostarme pronto para que acabe antes, pero sé que no me dormiría.

Sé que a nadie le va a interesar especialmente mi día, pero bueno, me apetecía escribir.

Permisos

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Hace no mucho, hablando con una amiga, me contaba que se había encontrado con su ex por primera vez desde que rompieron (ella ahora está con otro chico) y habían estado hablando un rato. Hablaron de muchas cosas, no recuerdo la mayoría de lo que me dijo, eran cosas bastante típicas y sin importancia, lo que viene siendo una conversación de cortesía, vaya. Pero a mí entre tantas cosas hubo algo que me llamó la atención, fue como si estuviese subrayado en la conversación, aunque ella me lo dijo sin darle más importancia que al resto. De hecho añadió un “qué mono” al final cuando a mí me pareció más bien lo contrario.

El caso, lo que le dijo es que no le importaba que estuviese con M (el nuevo novio) y que le daba su permiso. ¡Le daba su permiso! ¿En serio soy la única a la que le chirría eso? Porque a ella le pareció lo más normal del mundo y no logré hacerla entender por qué a mí me parecía mal. Pero, ¿en qué cabeza cabe que necesites el permiso de un tío con el que ya no tienes ninguna relación para salir con quién te dé la real gana? Pues por lo visto en la de mi amiga, porque no sólo no le pareció mal, sino que le pareció “mono”.

Por favor, decidme que no estoy loca y que a vosotros tampoco os parece normal.

Algunos regalos absurdos

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Antes de seguir quiero decir que estoy muy contenta con mis regalos de Reyes: un par de libros (El gran juego, de Leticia Sánchez Ruiz y American Gods de Neil Gaiman) que ya sabía de antemano que me iban a gustar porque para que parasen de preguntar qué regalos quería les di a todos una lista con unos cuantos libros que me apetecían; un pijama muy mono con una especie de bata también muy mona que tiene pinta de ser súper-cómoda y súper-calentita (yo, que soy muy friolera) y un cheque regalo del Corte Inglés que en cuanto pueda me voy a las rebajas a gastar.

Pero que conmigo hayan “acertado” (ejem, es difícil fallar cuando has dado nombres y apellidos de lo que quieres) no quita que haya cierta persona de mi familia, llamémosla M, que desde el principio de los siglos se caracteriza por hacer regalos que nunca gustan a nadie. Y hay veces que realmente parece que lo haga aposta. Vamos a empezar a poner ejemplos:

6 de enero de 2015. Mediodía. Toda la familia reunida para abrir los regalos antes de comer. Momento en que mi padre abre su regalo de parte de M. ¿Qué será, será? Un libro de auto-ayuda en forma de historia de superación personal… ejem… cualquiera que conozca mínimamente a mi padre sabe que es algo que no le va a gustar… pero como a M le gusta, se lo regala. Vamos a ver, ¿quieres regalarle un libro? Genial. ¡Pero busca algo que le interese! Habría sido tan sencillo como regalarle algo de ciencia-ficción, y si no entiendes del tema, pues le pides consejo a algún dependiente que para eso están.

Poco después, mi tío C abre su regalo de parte de M. ¡Sorpresa! ¡Es el mismo libro! Y todos sabemos que le ha gustado tanto como a mi padre: nada. Pero M no sabemos si no se entera o no le da la gana enterarse.

Pues así o peor son aproximadamente todos sus regalos. Con nosotros (los sobrinos) todavía acierta algo, básicamente porque suele preguntar a los padres, pero con el resto… puff. El año pasado fue el año de los calcetines: a sus hermanos calcetines blancos de deporte, a sus cuñadas medias. ¿En qué cabeza cabe que esos sean regalos decentes? Es que no es cuestión de gastarse más, es cuestión de buscar algo que pueda gustar mínimamente a quien se lo regalas. Hay tiendas baratitas con cosas bien monas, no es tan complicado. También estuvo bien el año en que se le ocurrió regalarle a mi padre un pantalón cargo de estos llenos de bolsillos (y mi padre es de los que no salen de vaquero, cinturón, polo por dentro y zapatos. Vamos, que con haberle visto dos veces en tu vida sabes que no es su estilo ni de lejos). O cuando mi madre le dijo que me podía regalar un pantalón negro de vestir que necesitaba, y apareció con un pantalón de chándal; y todavía me intentaba convencer de que no era un chándal y que me quedaba muy bien para los conciertos con la orquesta…

En fin, que no sé de dónde ha salido esta mujer. Que sí, que es de mi familia y tal, pero tiene unas cosas que a veces es para matarla, sobre todo cuando de hacer regalos se trata.